Este es un pequeño relato que escribí como conclusión de un taller de escritura creativa al que asistí hace dos años. Lo impartía Gabriel Castelló, un gran escritor y una gran persona, a quien le guardo un cariño especial. Me animó mucho a seguir luchando por cumplir mi sueño. Hoy me apetecía compartirlo, aunque ya estuvo colgado en la página de la universidad.
BAJO EL VELO DE TRISTE VOZ
Jamás olvidaré sus ojos... aquellos ojos
de lánguida mirada que iluminaron desde su llegada todas las estancias
del pequeño harén de mi señor. Aquellos mismos ojos que conocí siendo un
fiel y sumiso esclavo, y que me convirtieron en un traidor mutilado y
condenado a perecer en el olvido de cuantos me conocieron.
Supe
su historia mucho antes del suceso de aquella terrible noche. Como
eunuco al cargo del cuidado de las escasas concubinas de mi señor, me
estaba prohibido mantener diálogo alguno con ellas. Mas esa norma no
impedía que mis oídos escucharan las historias que contaban las mujeres
durante sus largos tiempos de ocio. Mi obsesión por la nueva concubina
me llevó a espiar las conversaciones del harén, oculto tras las
cortinas, o a detener mis pasos con disimulo cuando la escuchaba nombrar
por alguna de sus compañeras de reclusión.
Genoveva,
ése era su nombre. O al menos lo fue hasta que las tropas del gran
califa Abderramán III asolaron su provincia y regaron los campos con la
sangre de sus hermanos cristianos. Ya debía ser hermosa por aquel
entonces, cuando contaba en torno a 14 años, pues mi señor, el valeroso
nakib Hashîm Ben Al-Garín, no dudó en perdonarle la vida al descubrirla
sollozando entre los cadáveres que nuestros guerreros dejaron a su paso
por Burgos.
Cuentan las malas lenguas que mi señor la ocultó,
pretendiendo adueñarse de su persona sin el permiso del soberano, a
quien correspondían las vidas de los cristianos apresados en las razias.
Sin embargo, no hay duda de que el bueno de Allah guía los pasos del
califa y cierta noche de insomnio, buscando buena compañía con la que
compartir las hazañas de la última batalla, halló una muchacha escondida
en la jaima del nakib. Éste, al verse sorprendido en plena falta,
inventó que aguardaba el momento oportuno para entregársela como premio
por las victorias obtenidas en Álava y Burgos. Dudo que el califa
confiara en sus palabras, pero debió acometerlo en un momento de júbilo
por los botines obtenidos ya que, en lugar de exigir su castigo, aceptó
el regalo y ordenó que la doncella fuera llevada junto a los esclavos
hasta entrar en Córdoba, donde sería instalada en el harén real bajo el
nombre de Raniin, que en nuestra lengua significa
“triste voz”.
Los
siguientes cinco años los pasó entre las cerca de 2000 concubinas
reales, rodeada de lujos que jamás habría soñado en su vida como
Genoveva. Al estar nuestro soberano obsesionado con la conquista de las
tierras cristianas, ella fue relegada a una cómoda vida sin el
inconveniente de la entrega sexual, ya que el califa pasaba grandes
temporadas ausente de palacio y las concubinas dedicaban su tiempo a
enriquecer sus dones. Así fue como Raniin adiestró una hermosa voz que
hipnotizaba a los afortunados que tenían ocasión de escucharla cantar.
En
el verano del año cristiano 939 d.C., tuvo lugar nuestra deplorable
derrota por parte de Ramiro II el Grande, en la batalla de Alhóndiga.
Más de dos tercios de las tropas cordobesas fueron aniquiladas y los que
sobrevivieron, huyeron como cobardes tras Fortun ibn Muhammad. Tan solo
49 soldados quedaron al lado de nuestro maltrecho califa, entre los que
se contaba mi señor. Éste, ante las graves heridas de Abderramán, tomó
el mando y guió al pequeño grupo en su huida de las garras de Ramiro.
Como le salvara la vida, Abderramán premió a mi señor con la mejor
recompensa que podía ofrecerle: le dio a escoger, entre sus casi 2000
concubinas, a aquella que él más deseara.
Dos días más tardes
yo mismo recibía a Raniin, que venía ataviada con un riguroso niqab que
solo dejaba ver sus intrigantes ojos. La guié a sus aposentos sin mediar
palabra y el resto de los días me dediqué a observarla en silencio,
permitiendo que se iniciara un sentimiento vetado para los castrados
como yo. Jamás intercambiamos una palabra, tal y como estaba ordenado, y
lo cierto es que tampoco lo necesitamos. Sus gestos tímidos pero
delicados me inspiraron un cariño que no recibí jamás de ninguno de mis
hermanos musulmanes. Siempre había sido un esclavo y a su lado vislumbré
un pequeño halo de libertad. Así descubrí que tras su triste mirada y
su voz titubeante, se escondía un ser inalcanzable para cualquier
mortal. Ni tan si quiera mi señor, quien ahora era dueño de su persona,
podría jamás poseer el corazón que habitaba en tan indefensa virgen.
Así
pasaron los días, tristes y melancólicos para ella, intrigantes y
enigmáticos para mí. Hasta que el furor de las batallas cedió paso a un
tiempo más tranquilo para aquellos que tomaron partido en las razias. El
califa se retiró del ejército para supervisar la construcción de su
Medina Azahara y mi señor Hashîm, aún sin recuperar de sus heridas del
último combate, decidió pasar una temporada con sus mujeres antes de reincorporarse al ejército cordobés. Fue entonces cuando todo se torció y mi destino quedó ligado a unos ojos cristianos que Allah no me permitiría volver a contemplar.
Sucedió
un mes después de la llegada del nakib a casa. Todas las mujeres y
concubinas ponían su empeño en animar al señor adulándolo con sus
bailes, cantos y el manjar de sus exuberantes cuerpos. Todas salvo
Raniin, que permanecía oculta en sus aposentos tanto tiempo como le era
permitido. Sin embargo, mi señor ya estaba aburrido de las mismas
mujeres de siempre y recordó a la concubina que le regalara el califa.
Así ordenó que la vistieran y acicalaran para la ocasión.
Las
concubinas buscaron la forma de ocultar los vestigios de su raza, para
que el nakib descubriera a una mora más cuando explorara su cuerpo
desnudo. Las dejé en la alcoba de la muchacha, untando su cuerpo con un
afeite cobrizo que cubría la palidez de su piel y le ofrecía un tono
oscuro similar al del resto de concubinas. Las esposas oficiales
esperaban en el salón del harén, impacientes por contemplar la
transformación de “la infiel”, tal y como ellas la llamaban. Y yo,
perturbado por los celos que me asaltaban y la impotencia de saber que
jamás sería mía, aguardé estoicamente el momento escogido por mi señor para desflorar a la mujer que me había arrebatado mi condición de eunuco.
Un
par de horas después de la cena, mi señor se dirigió a los aposentos
del harén reservados a sus placeres. Allí esperaba ya Raniin, vestida
con los velos tradicionales y el pesar como único atuendo de su mirada.
Abrí la puerta a mi señor haciendo una débil reverencia y cerré tras sus
pasos, quedándome vigilante en el amplio pasillo, mientras las escenas
que mi mente imaginaba me torturaban sin parangón. Llevaba ya cierto
tiempo recorriendo el pasillo en una y otra dirección cuando escuché un
extraño revuelo en su interior. Bramó la voz de mi señor, siempre
autoritaria y contundente, y un gemido escapó de unos labios frágiles.
Escuché un golpe secó y el rumor de unos pies descalzos corriendo por la
habitación. Me acerqué a la puerta, luchando con mi propio brazo por no
empujar la hoja de madera. Mi señor masculló algo ininteligible y esta
vez oí unos pasos más pesados corriendo de un extremo a otro de la
habitación. Sonó lo que me pareció una bofetada y siguió un gran golpe
contra el suelo. Ya estaba a punto de abalanzarme al interior de la
alcoba cuando la estruendosa carcajada de mi señor me detuvo en seco. Se
hizo un silencio brusco y entonces distinguí la voz de Raniin al otro
lado de la puerta.
_Si te acercas, la clavaré una y otra en tu cuerpo hasta que se escape la vida de tus labio y ni el mismo Allah sea capaz de levantarte.
Alarmado
por lo que presagiaban sus palabras, empujé la puerta y me horroricé
ante el espectáculo que se presentaba ante mis ojos. En el suelo, muy
próxima al lecho marital, Raniin esperaba encogida la embestida de mi
señor. Tenía el rostro marcado por una amplia y dura mano, y sus ropas
habían sido arrancadas casi al completo. Frente a ella, mi señor buscaba
la mejor manera de asaltarla para poseerla. Al escuchar la puerta, se
giró y me miró con alivio. Observé a Raniin y esta vez descubrí el
brillo de una hoja de metal en su mano derecha. No supe cómo, pero el
caso es que había logrado ocultar una pequeña daga entre sus ropas y
estaba más que dispuesta a utilizarla. Corrí junto a mi señor para
protegerlo y miré a Raniin con una súplica. Ella se levantó esgrimiendo
el arma ante nosotros.
_ Vamos, coge a esa maldita cristiana. Ya me he cansado de este juego_ me azuzó mi señor irritado.
Raniin
no se movió. Me miraba mientras su mano temblaba ante la posibilidad de
utilizar el arma contra el que había sido su guardián.
_ Déjame marchar y no le haré ningún daño_ me suplicó.
Mi
señor me empujó contra ella y la acorralé involuntariamente en un
rincón de la alcoba. Su daga cayó al suelo con la acometida y mi señor
la recogió con la agilidad que le había dado la victoria en sus
batallas. Alzó el arma decidido y la lanzó sin piedad sobre el cuello de
la muchacha, tropezando en su trayectoria con mi mano, que se rebelaba
por primera vez ante mi dueño y señor.
_ ¡¿Qué haces, maldito castrado?! ¡Te cortarán el brazo por esto! Suéltame y redime tu falta entregándome su sangre.
Fui
incapaz de obedecer. Sin girarme, acucié a la infeliz para que
abandonara el harén, mientras mi señor gritaba pidiendo la ayuda de los
otros esclavos. Cuando estos llegaron, ella ya había huido y yo aún
mantenía el brazo del nakib sujeto con fuerza, mientras la daga
descansaba a los pies de los dos.
Por aquel acto de rebelión fui
condenado por el cadí a perder mi brazo derecho por alzarlo contra mi
señor; me arrancaron los ojos para que, como eunuco, no volviera a
fijarme en ninguna otra mujer y me condenaron a prisión por el resto de
mi vida, mientras mi nombre era lanzado al olvido y todos aquellos que
lo mencionaran, sentenciados a perder su lengua para que no volvieran a nombrarme.
Desde
entonces vivo en esta celda fría y húmeda, envuelto en las tinieblas
que la ceguera me regala sin compasión. En ocasiones la siento a mi
lado, cuando algunas mujeres voluntarias visitan a los presos y nos
traen un poco de pan para comer. Nunca hablamos; como eunuco que
custodia el harén de mi señor, me está prohibido mantener conversación
alguna con ella, pero aún así nos entendemos. Ella pone el mendrugo de
pan en mi única mano y acaricia mi rostro mientras yo lo muerdo
despacio, no sea que al tragar el último bocado ella desaparezca sin
más. Su niqab roza con suavidad mi antebrazo y soy consciente del
peligro que corre al visitarme en prisión. Así pasamos el escaso tiempo
que se nos concede: yo saboreando el silencio que compartimos, ella
llorando en secreto la culpa que la aflige. A veces me pregunto si no
será una mala jugada de mi mente ofuscada y levanto mi mano moribunda
para tocar sus párpados desnudos, enmarcados por el niqab que oculta su rostro. Entonces sé que es real, y sé que está ahí.
Pagué
su libertad con un brazo, mis ojos y el olvido eterno. Quizá sea un
precio demasiado alto por una mujer, pero es un precio que hoy volvería a
pagar.
Rosamar Jiménez
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