17/10/12

Cuestión de fidelidad

Si algo he aprendido en todos estos años es que hay que ser fiel a uno mismo. No me refiero exclusivamente a valores y convicciones propias. También a la hora de escribir nos debemos fidelidad.

 Uno de los mayores errores que cometí fue dejarme llevar por algunos consejos, siempre de buena voluntad, que no hicieron más que alejarme de mi ser escritor. Me llevó algún tiempo comprender que el bloqueo mental de aquellos momentos se debía a mi empeño en escribir lo que los demás querían leer, en lugar de lo que yo realmente quería contar.

Tal vez no haya escogido el género literario por excelencia, ni el de los bestsellers. Quizá en el fondo siga siendo aquella chica rara que escondía un alma de gótica (esa frase me caló).  Puede que mis historias jamás reciban un afamado premio o que incluso puedan ser consideradas por algunos “todo menos literatura”. Hay quien no comprende que existen más géneros a parte de la novela histórica, romántica o el drama más puro. En todas las librerías, en TODAS, siempre hay al menos un estante dedicado al género de misterio, terror y fantasía. Un pequeño estante en el que yo, como tantos otros lectores, me siento cómoda y donde con frecuencia me gusta acabar el día entre sombras y algún que otro respingo.

Sin embargo la mayoría es la que manda y cuando una recibe muchos mensajes del tipo “está muy bien, pero deberías escribir otro tipo de cosas”, “no está mal, pero donde haya una buena historia de amor…”, “¿cuándo vas a escribir algo serio?” puede dejarse arrastrar por una marea vertiginosa que o te transforma, o acaba contigo. Yo intenté la transformación por algún tiempo, pero poco a poco fui perdiendo las ganas de escribir. Hasta que un día, no recuerdo muy bien dónde ni cómo, tropecé con una frase de Vargas Llosa que dice “el novelista que no escribe sobre aquello que en su fuero recóndito lo estimula y exige, y fríamente escoge asuntos o temas de una manera racional, porque piensa que de este modo alcanzará mejor el éxito, es inauténtico y lo más probable es que, por ello, sea también un mal novelista”. No es que yo escribiera para tener mayor éxito, simplemente quería que aquellos con quienes compartía letras me leyeran. Sin embargo, sabía que algo fallaba y Vargas Llosa me dio la respuesta. Si mi mano se inclinaba por el terror y el misterio no podía seguir escribiendo en un grupo donde primara la poesía o las historias de amor y melancolía de personajes banales que podías tropezarte al salir de casa. Recuerdo que un compañero al que le guardo un especial cariño se quejó un día en mi buzón de entrada  “¿qué ha sido de esa escritora prolífica que nos regalaba relatos todas las semanas?”. Supongo que estaba buscándome bajo un montón de historias que no sabía reconocer como mías y mis letras no daban para escribir otra cosa que no fueran comentarios a los textos de los demás.

Por fortuna comprendí que si quería seguir escribiendo debía hacerlo sobre aquello que más me apetecía. Dicen que a veces es necesario dar un paso atrás para coger impulso. Por ese motivo decidí guardar a parte todos los consejos sobre QUÉ ESCRIBIR y volver a empezar.

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